3 días en Astorga
La cara B de la vida de la periodista: otro de los relatos sarcásticos (y de puro terror) que hacen honor a "Escribir y ser joven".
Cuando tienes 25 años y eres periodista hay gente que piensa que los viajes de prensa son un regalo. Viajar, comer, beber… puro lujo. Pero decirle a la organizadora: “Oye, te pido perdón por adelantado si voy floja de energía estos días. La semana pasada viajé también por trabajo 4 de los 7 días de la semana y me estoy recuperando de una infección de orina”, y que su respuesta sea: “¡Bueno, pero eres joven!”… Y como soy joven tengo que trabajar con una sonrisa sangrienta de oreja a oreja como el Jóker, pero nada de problemas de salud mental, por favor. Qué lujo y qué bendición es que te roben la rutina (el único “medicamento” real que nos salvará a todos de la pandemia del cortisol). Sé agradecida, por dios.
A veces le pregunto a Jack: “¿Será verdad que soy una floja?”, y me mira con ojos tiernos como los del que mira a un cachorro recién nacido que se tropieza con sus propias patas. “Solo quiero un poco de tiempo para mí. Ya no sé ni quién soy porque no recuerdo la última vez que hice algo solo porque yo quise”. Y como él es hombre, y es de Marte, me dice: “¿Y el domingo”. Pero yo al domingo lo llamo Pre-Lunes, los domingos ya no cuentan, y mucho menos si hay partido del Mundial. Ya te han robado 2 horas del día. Además, los domingos aprovecho para dormir y me despierto tarde, me queda demasiado poco tiempo como para ver un partido. Pero lo veo, e incluso me pongo la camiseta de la selección y me tomo una caña. Luego vamos a misa, al volver ponemos una lavadora, quitamos el polvo y pasamos el aspirador. Me pego una ducha y me siento enfrente del ventilador mientras las verduras de la cena se cocinan en el horno. Y ese ha sido “mi” día. ¿Qué os parece? De los 7 días de la semana ese ha sido el mío. El mío. Y una mierda.
Durante el primer día aquí en Asturica Augusta quisimos oír un concierto de música celta a los pies del Palacio de Gaudí, pero al salir el primer actor del teatrillo de introducción, empezaron a caer grandes y pesadas gotas de agua que, como balas, nos obligaron a abandonar nuestras sillas de plástico y a huir buscando cobijo. “Ha sido una nube”, y cuando empezaron a repartir pañuelos de papel nos pusimos todos a secar las sillas. Luego, volvimos a tomar asiento. Y no os lo vais a creer. En cuanto empezaron el teatrillo de nuevo —que por cierto, no se oía nada porque con la lluvia se estropearon los micrófonos—, llegó otra nube. Al final desistimos y nos escapamos por la puerta trasera. Todo para nada. Podría estar en casa leyendo un libro.
Al día siguiente, a primera hora y con mis zapatillas de deporte, emprendimos camino hacia Castrillo de los Polvazares siguiendo la ruta del Camino de Santiago. Tres horitas de merodeo en las que compartimos una caja de merles (dulces típicos de una y solo una pastelería astorgana), hablamos de toros, de Trump —que en realidad tienen mucho de parecido—, de Netanyahu, de ese terrible error de Ayuso que te obliga a empadronarte en Madrid para poder tener el abono del Metro… y tantas otras y tan variadas. ¿De qué vas a hablar sino con puros onvres al borde de la jubilación?
A continuación, llegamos a nuestro destino y nos dan de comer un cocido de potajes bien interesantes para una chica que fue vegana durante dos años. Aquí en Maragatería el cocido tiene tres vuelcos: empiezan con las carnes (chorizo, tocino, morcilla, panceta, bolas…), luego los garbanzos y la verdura (patata y repollo), y la sopa (el caldo que queda en la olla después de haberlo cocido todo, vaya). Y luego, te sacan natillas que son mitad caramelo, un sorbete de limón bien dulce y unos chupitos, ah, y café de puchero, claro, con canela y clavo. Para mí, además, una manzanilla, por favor.
Volvemos al hotel y media horita de descanso, que luego hay visita al museo. “Media horita de descanso”. ¿Descanso? Pero si eso es lo que tardo en descargar los tres kilos de carne en el retrete, de descanso nada. Y seguimos, después del museo, a engullir. Croquetas, tortilla, pulpo, tapas, tapas, tapas… ¿Querrán postre? ¡Claro! Helado de turrón, contesa, cheesecake, coulant, natilla, flan, y yo... Los ojos me miran: pues yo una manzanilla. Y si te sientes como una puta foca porque yo me he saltado el postre y me he pedido una infusión después de cebarme como a un pato antes de Navidad, quizás es tu problema, no me mires así. No me llames flaca.
Así que, bueno. Llegué a casa sana y salva. Y me he ahorrado varias anécdotas por no clavarme demasiados cuchillos… Por ser un poquito buena. Ya veremos si me llaman los de prensa de nuevo. Será mejor no compartir esta newsletter demasiado, si no os importa, mantengámoslo entre nosotros.
La ciudad de Astorga es preciosa, recomiendo ir a verla: la catedral, las ruinas romanas, el chocolate, los pueblos vecinos, y por supuesto, el Palacio de Gaudí. Ya no hago más spoiler, merece la pena.
Gracias por leerme (o más bien, por permitirme desahogarme).
Feliz miércoles, ecuador de la semana laboral. Este finde me voy a Canarias a visitar a mi hermana (y a rebajar mis niveles de Cortisol), nos vemos allá donde brilla el sol y se cocina lento, lento, lento. Quiero que los camareros tarden en servirme la comida y que me dé igual. Deseadme suerte.
<3




QUIIIEEEROOOO MAAAASSS DETALLES, ME ENCANTA 🤣🥰
a ver si engordas un poquito, que estas delgadita 😘